Jesucristo, el brujo.
Que variando, a las felicidades-pensamientos, de las personas, variaba, también, el cosmos, que contemplaban, esas personas, con sus ojos.
Es decir, Jesucristo, cuando, lograba, variar, a la felicidad-pensamiento, de una persona, por medio, de su fe, obraba, también, una variación milagrosa, del cosmos, que observaba, con sus ojos, esa persona.
Y por tanto, Jesucristo, el mentalista, mago, brujo, chamán, o alquimista, odiado, por sus enemigos, los fariseos.
Javier Rubio Ortín
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