Una casa del mundo, aquietada, a voluntad, de sus inquilinos.

Una casa del mundo, aquietada, a voluntad, de sus inquilinos.

Pues, todas sus habitaciones, están aquietadas, por medio, de unas, grandes quietudes, distribuidas espacialmente, de una forma, muy regular, o muy bella.
Y por tanto, cada habitación, de esa casa, puede poseer, un grado de quietud, variable, regulado a voluntad, por los inquilinos, de esa casa.
Y por tanto, todos los inquilinos, de esa casa, viven, en esa casa, como, si vivieran, dentro de una gran pirámide, de una belleza, variable.

Javier Rubio Ortín

Be First to Comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


2 + tres =