Muertos al pecado, y siervos, de la justicia.
Es decir, muertos, a todos los asuntos internos, del mundo, que, nos conducen, directamente, a la enfermedad, y a la muerte cadavérica, y siervos, de la justicia de Dios, que nos conduce, directamente, a la vida inmortal, o vida eterna, de los cosmonautas de Dios (Hijos, e Hijas), viajeros, libres, por todo el cosmos, dentro de sus propias mentes, totalmente liberados del mal, y totalmente purificados, de toda influencia del planeta tierra, para siempre, o por toda la eternidad, por medio, del poder de Dios.
Javier Rubio Ortín
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