Todos, unos cosmonautas de Dios, inmortales, como, la v. María.
Ese es, el final del mundo, que profetizaron, tanto, Jesucristo, como, s. Pablo, hace, dos mil años.
Todos arrebatados, completamente vivos, a los carros de fuego, nubes bíblicas, u ovnis.
Es decir, todos, invisibles en el mundo, o planeta tierra, y visibles, en el cielo, y por tanto, quedando finalmente, un interior tenebroso, del planeta tierra, sin ningún rastro, de presencia humana, y poblado, tan solo, por bestias inmundas, como los millones de dinosaurios, vivos.
Javier Rubio Ortín
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