Invisibles como Dios.
Y por tanto, eternos, o inmortales, como Dios.
Y por tanto, absolutamente, todas las personas, que habitamos el cosmos, debemos de tener, el único, destino final, de volvernos invisibles como Dios, sin ninguna enfermedad, de por medio, en lugar, de morirnos, y convertirnos, en unos horribles, cadáveres, tras sufrir, una cruel agonía.
Javier Rubio Ortín
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