Las personas, nacemos, en el mundo…
Con el único objetivo, de sufrir, una cierta cantidad de mal, acumulada, de parte, de ese mundo, que, nos sirve, de justicia divina, para, poder olvidarnos, de que existe, dicho mal, para siempre, o por toda la eternidad.
Y esa cierta cantidad de mal, liberadora del mal, la podemos sufrir, las personas, de dos maneras, posibles:
1ª Involuntariamente.
2ª Voluntariamente.
Job, sufrió, esa cierta cantidad de mal, liberadora del mal, involuntariamente, es decir, sin ser consciente, de lo que se hacía, y millones de personas, a lo largo, de diez mil años, pues también, sufrieron, ese mal, involuntariamente, como, el mismo Job, y de esa manera, todas esas personas, se liberaron, del mal, finalmente.
En cambio, Jesucristo, s. Pablo, o s. Pedro, y todos los que fueron, verdaderos discípulos, de Jesucristo, hace dos mil años, sufrieron, esa cierta cantidad de mal, liberadora del mal, voluntariamente, es decir, sabiendo, lo que se hacían, es decir, sabiendo, lo que se llevaban, entre las manos.
Mientras, Jesucristo, sufrió, esa cierta cantidad de mal, liberadora del mal, en plena juventud, a toda prisa, es decir, en tan solo, unas breves horas, y planificando, por tanto, su propia crucifixión, gracias, a la ayuda de Judas Iscariote, y gracias, a sus enemigos, los fariseos, s. Pablo, en cambio, sufrió, esa cierta cantidad de mal, liberadora del mal, a lo largo, de muchos años, de vida mundana, y s. Pedro, en plena vejez, y por medio, de su propia crucifixión, liberadora del mal.
Ahora bien, mientras unas personas, se limitan, a sufrir, solamente, para liberarse del mal, ellas mismas, nada más, hay otras personas, en cambio, que sufren, por ellas mismas, y que sufren, también, para que, otras personas, no tengan que sufrir, nada, en absoluto, o muy poquito.
Y cuando, una persona, cualquiera, termina de sufrir, en el mundo, esa cantidad de mal, liberadora del mal, pues inmediatamente, después, y sin ninguna enfermedad, de por medio, esa persona, concilia, un sueño, plenamente feliz, por medio, del poder salvador de Dios, y por tanto, esa persona, se vuelve, invisible, en el cosmos, como, el patriarca Enoch.
Javier Rubio Ortín
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