El destino natural, de un anciano, centenario.
Es el de convertirse, ese anciano, en un diamante, puro, invisible a los ojos (Felicidad máxima), o lo que es, lo mismo, el de dormirse, ese anciano, en el sueño eterno, del reino de los cielos (Felicidad máxima), y el de despertarse, de nuevo, en el cosmos, con un cuerpo físico, completamente, renovado, o con un cuerpo físico, completamente rejuvenecido, de veinte años (Felicidad inferior a la máxima).
Y después, permanecer, eternamente joven, en el cosmos (Felicidad inferior a la máxima), pero, claro, está, alternando esa eterna juventud, cósmica, con la conciliación, del sueño eterno, del reino de los cielos, o con su conversión, en un diamante puro, invisible a los ojos (Felicidad máxima).
Javier Rubio Ortín
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